"Eman ta zabal zazu munduan frutua" ("Gernikako Arbola", de Iparragirre)

22 de marzo de 2006

Alto al fuego: Derecho a la esperanza

Hay pocos temas más de los que pensar y hablar, sobre todo para un vasco: nuevamente, la posibilidad de que la pesadilla de la violencia desaparezca por fin revolotea ante nosotros.

Pero, mirando a mi alrededor, he visto a la gente dividida. Algunos, sí, celebraban la noticia, se alegraban y se ilusionaban por ella.

Pero una mayoría acogía la novedad con una seca indiferencia; una indiferencia nacida, seguramente, de las decepciones anteriores, del dolor tantas veces recibido. Y reconozco que, entre la alegría por la noticia, y aunque no tenga derecho a ello, esa reacción me ha dolido.

Porque sé que, mirando las cosas con los ojos del mundo, no hay demasiadas razones para la expectación. Ya otras veces, hasta diez, ETA declaró distintas treguas, que no detuvieron el sufrimiento. Y quien ha sido golpeado muchas veces, quien ha sufrido muchas decepciones, se lo pensará antes de confiar en que todo ha pasado por fin. Lo entiendo.

Pero no puedo compartirlo. No quiero resignarme a la desesperanza; ni quiero reducir a meros cálculos políticos, tan fáciles de hacer, la posibilidad de que sobrevenga algo tan grande como la paz. No quiero renunciar a, al menos hasta que alguien me lo impida, poder mirar de nuevo al futuro con ilusión.

No ingenuamente: sé muy bien que esta tregua tiene sus peligros; que pronto será matizada; que, en el mejor de los casos, se tambaleará más de una vez.

Pero exijo mi derecho a ilusionarme, y pensar que, por fin, tras décadas de ver cómo otros mataban en mi nombre y ensuciaban el de mi país, vamos a poder ver el final, y abrir una nueva época para todos. Exijo mi derecho a la esperanza. Y si ésta se ve otra vez fracasada, prefiero volver a llorar de decepción, antes de sentir que el terror ha conseguido hacerme perder todo atisbo de inocencia; porque si ETA nos quita eso, quedará pocas cosas más que pueda quitarnos.

En nombre del Cordero de Dios que hizo Vida de la más atroz muerte, exijo mi derecho a decir: Señor, ¡danos la paz!

Escrito por Eleder a las 10:27 p. m.

2 aportaciones

Anonymous GKC dijo:

Querido Eleder,
Aprecio mucho sus comentarios pero en este caso debo replicarle, aunque me intimide un poco (pues utiliza usted el más alto de los nombres para su exigencia de paz).
Ahora bien, ¿paz a cualquier precio?, ¿le parecería a usted un bien la paz en un estado marxista?, ¿el orden justo de la sociedad es un valor menor que la paz?,¿Paz aunque se rompa España?.
Dudo que Nuestro Señor aprecie una "paz" tan mezquina como la que vivimos los de nuestra generación, en la que la vida humana del no nacido no tiene ningún valor, en la que la Justicia social es un concepto olvidado, y en la que Su Reino está cada vez más lejos del hombre.
No termino de entenderle cuando dice que "otros ensuciaban el de mi país",¿se refiere a Vascongadas?
Me siento completamente española y el nombre de mi patria de tan sucio que está solo puede comprenderse en los libros de Historia (sí de esa Historia que hicieron también los vascos).
Hay palabras talismán, que suenan tan bien para un cristiano que parecen darle a uno la razón, este es el caso de la palabra esperanza. La esperanza lo es todo en la relación del hombre con Dios. Pero ¿qué esperanza cabe?, ¿cree usted que ellos van a renunciar a la independencia de los territorios vascos?. La respuesta es NO. Pues bien, yo tampoco voy a renunciar a defender la Unidad de España. Así pues, a las armas.

8:52 a. m.

 
Blogger Eleder dijo:

Querida GKC:

Soy plenamente consciente de que sólo podemos aspirar a una paz justa, sin imposiciones ni chantajes; así, estoy plenamente de acuerdo con sus comentarios a ese respecto.

Esa paz es a la que aspiro, y la que espero. Y si bien sé que es muy posible que mañana se descubra que todo fue otra estratagema más, o que ha habido componendas injustas (y sé muy bien los distintos factores que han podido estar detrás de esto), a pesar de todo, seguiré aprovechando cualquier posibilidad para esperanzarme y para desear que lleguemos a una paz verdadera. Por muy mal que estén las cosas, y por mucha mala fe que nos parezca ver en los contrarios. Porque los milagros existen, y las conversiones también.

Y, junto con esto, me adhiero indudablemente a las palabras de mi obispo, que, con su permiso, pondré en el siguiente post.

En cualquier caso, muchas gracias por su comentario; y que esa Paz verdaderamente renovadora, muy distinta de la mera ausencia de violencia, pueda sorprendernos a todos algún día. Un abrazo.

3:32 p. m.

 

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