"Eman ta zabal zazu munduan frutua" ("Gernikako Arbola", de Iparragirre)

13 de octubre de 2005

Paradojas (y II)

Pero, curiosamente, el cristianismo no sólo nos aporta el mayor de los orgullos. También nos proporciona la mayor humildad. Y no en paralelo, sino como la misma cosa.

Así, un cristiano sabe que él es una maravilla, a pesar de sus pecados y de sus problemas... pero que, igualmente, cualquier hombre y mujer a quien encuentre por la calle, desde el más santo al más depravado, es *exactamente* la misma maravilla, el mismo trozo de Dios en la Tierra. No hay nadie por debajo de él: a todos debe exactamente el mismo respeto que da Dios a cada ser humano. Lo contrario sería pretender ser más que Dios... y, obviamente, no queremos ser blasfemos, ¿no?

Pero, si no hay nadie por debajo de él, sí hay por encima. Siempre hay. El santo, el que se entrega a los demás, el que pone su vida en manos de Dios y al servicio de los otros, el que vence su egoísmo, el que cae una y otra vez pero continúa levantándose... Como cristiano, sé que todos esos están más cerca de Dios que yo. Y les admiro, pidiendo, a la vez, fuerzas para poder ser algo más como ellos.

Y entonces, me doy cuenta de que, con todos mis dones y mis capacidades (¡de los que no reniego!) hay tanta gente que me supera... y, al darme cuenta de eso, me doy cuenta de lo fácil que es ser "hermano del humilde", porque, en un mundo en el que hay tantos merecidamente por encima de mí, el de los humildes es el único sitio que merezco.

Y si en algún momento lo olvido, abrir el Evangelio al azar me lo vuelve a dejar claro. Dios es el Dios de los humildes (Lewis llama al orgullo en Mero cristianismo "el vicio esencial, el mal más terrible"). Y el alivio y descanso que uno experimenta al darse cuenta de que no es más que un niño entre niños es impresionante, como nos mostró maravillosamente Santa Teresita. Arrodillarnos junto a toda nuestra parroquia, cada domingo, al pie del Crucifijo, es, finalmente, la mejor cura de humildad.

En resumen, Dios paradójico, y por eso tan real: ¡gracias por hacernos tan grandes que lo merecemos todo, y a la vez, tan pequeños como para darnos mucho más de lo que merecemos!

Escrito por Eleder a las 12:01 a. m.

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